Sebastián Álvarez -conocido por su segundo nombre y su segundo apellido en Twitter: Ignazio Bernales (@ssiiaabb)- es un tipo que a la luz de los hechos padece de algún tipo de desorden mental. De hecho él mismo admitió haber sido diagnosticado con “personalidad limítrofe” hace más o menos un lustro. Sus apariciones en diversos medios de comunicación, luego de saberse su particular odio hacia las mujeres gordas, dan cuenta de su extravagante comportamiento. Con 26 años, 1,80 y escuálidos 50 kilos, el tipo se jacta de ser proanorexia (ProAna), que quiere ser estilista pero solo de chicas flacas y de poseer fuertes convencimientos xenófobos que lo hacen admirar a Adolf Hitler. Una oda a la intolerancia. Pero la pregunta es ¿qué tan extraña es esta forma de conducta en el país?

Lo peligroso del discurso de Álvarez -quien también se ha mofado de los niños de la Teletón, de los futbolistas, de los mineros y hasta del difunto Felipe Camiroaga- es que puede ser incluso plausible cuando lo articula bajo la idea del cinismo. Él ha declarado que el chileno promedio siempre descalifica a los obesos, a los morenos, a las modelos que trabajan en TV y nadie hace nada. ¿Cierto? Un extranjero me confesó una vez que le llamaba la atención que describiéramos a gente por aspecto físico: “el gordo que está allá”, “el negro de más acá” (Esta persona decía que en su país se dice “el hombre de camisa roja”, por ejemplo). El lenguaje no es un tópico menor a la hora de la construcción social de la realidad. El propio Álvarez, por ejemplo, es ahora conocido en la red social como “mente enferma”, un apodo que  él mismo se dio, pero que se refriega con un tono que busca el bullying, la burla y el odio, más que para describir los problemas de salud que lo afectan. La gente sorprendida por el hombre que odia a las gordas, se vuelve la gente que odia al hombre que odia a las gordas. Raro y sin contar el explosivo aumento de seguidores que ha tenido el tipo en su cuenta Twitter desde que apareció en los medios de comunicación. Morbo.

Esto está lejos de ser una defensa de Álvarez. Solo es marcar lo extraño del caso, de cómo el odio se transforma en más odio y de cómo una sociedad queda desencajada frente a personas que verbalizan y divulgan los lunares presentes en la convivencia diaria y que la violentan. El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en su libro “El acoso de las fantasías” aborda bastante el tópico. Cuando una realidad pierde su componente fantástico, todo se vuelve turbio y difuso. La realidad en una sociedad busca sustento en las fantasías, como por ejemplo, vivir en tolerancia. Todos saben que es una construcción, pero simulan que es natural. Cuando alguien del interior de esa sociedad corre el velo, saca la fantasía y deja expuesta la brutal realidad, al resto no le queda más que reaccionar apuntando a ese elemento como un traidor, como un paria y en este caso un intolerante y un loco. “Podemos ver claramente cómo la fantasía está del lado de la realidad, cómo soporta el “sentido de realidad” del sujeto: cuando el marco fantasmático se desintegra el sujeto sufre una “pérdida de realidad” y comienza a percibir la realidad como un universo “irreal” pesadillesco, sin una base ontológica firme; este universo pesadillesco no es una fantasía sino, por el contrario, es lo que queda de la realidad cuando ésta pierde su apoyo en la fantasía”.

Álvarez y su odio, la gente que lo odia -y también la que se suma como su seguidor en Twitter- y la exposición del tema públicamente forman parte de este artilugio que deja a la sociedad chilena frente a sus temores, desnuda frente a su realidad. Por eso tanto jaleo, por eso tanta gente aterrada. La tolerancia no es el fuerte de esta sociedad. Y no es un descubrimiento, lo saben los gordos, los peruanos, los gays, los pelados, los narigones y los mapuches dese hace 400 años. Sus declarados problemas o desórdenes mentales hacen que el rechazo sea mayor, porque su condición de outsider hace fácil y cómodo llamarlo “loco” ante su odio a las gordas y/o su simpatía con Hitler. Aquí nace otra pregunta  ¿Por qué nadie le dijo “loco” al alcalde de Providencia, Cristián Labbé por propiciar un homenaje a Miguel Krassnoff, un militar que asesinó por odiar a los comunistas? Porque por duro que sea, aún hay gente que con convencimiento valida la dictadura como una realidad necesaria. A lo más se le dijo “facho culiao”. La gente se olvidará de Álvarez, pero esto volverá a pasar, en tanto la tolerancia siga siendo un componente fantasmático y no una realidad dada. Para eso queda muuucho trabajo.

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